



Hay quienes llegan a un país buscando trabajo. Otros, escapando de una situación difícil. Algunos lo hacen por necesidad y otros, simplemente, porque el amor los lleva por un camino inesperado. Pero detrás de cada inmigrante hay siempre una historia: una tierra que se deja atrás, afectos que se extrañan, costumbres que cambian y, con el tiempo, un nuevo lugar al que se empieza a llamar hogar.
Con ese espíritu se conmemoró este viernes 4 de septiembre el Día del Inmigrante, durante un emotivo acto realizado en la Sociedad Española de Lobos, que reunió a autoridades municipales, delegaciones escolares, representantes de distintas colectividades, descendientes de inmigrantes y vecinos.

La ceremonia fue un homenaje a quienes, llegados desde distintos rincones del mundo, contribuyeron con su trabajo, sus conocimientos, sus tradiciones y su cultura a construir la Argentina y, particularmente, la historia de nuestra comunidad.
El Himno Nacional fue interpretado por Eduardo Napolitano, quien posteriormente también tuvo a su cargo el cierre artístico de la jornada.
Uno de los momentos más emotivos estuvo protagonizado por María Nunes do Nascimento, conocida afectuosamente como Nani, representante de la colectividad brasileña. Nacida en el estado de Río Grande del Norte, llegó a Lobos después de una historia personal marcada por la búsqueda de un futuro diferente.

En 2014 conoció a Gabriel, se enamoró y ambos decidieron comenzar una vida en Argentina.
“Lobos ha sido un lugar donde desde el principio me sentí muy bien recibida”, expresó María. Pero también reconoció que adaptarse no fue sencillo.
El clima, las diferencias culturales y la distancia de su país fueron parte de un proceso que debió atravesar lentamente. Brasil quedó lejos y la nostalgia apareció inevitablemente.
Sin embargo, encontró contención en su familia, en su marido, en su hijo y también en los vecinos de Lobos.
Con la emoción a flor de piel, María contó cómo fue construyendo ese sentimiento de pertenencia a partir de los pequeños gestos cotidianos: el saludo de un vecino, el trato afectuoso en un supermercado, en una verdulería, en una carnicería o simplemente al encontrarse con alguien por la calle.
“Estoy muy agradecida a este pueblo, al Municipio, porque siempre me tuvieron en cuenta”, expresó.
Y este año, además, tuvo para ella un significado especial: sus hermanas viajaron desde Brasil para acompañarla. “Es como que me siento abrazada”, dijo, antes de admitir que no había podido expresar todo aquello que había preparado porque la emoción pudo más que las palabras.
Su testimonio terminó convirtiéndose, casi sin proponérselo, en una síntesis de lo que significa emigrar.
Porque cada inmigrante tiene una razón diferente para haber partido. Algunos tuvieron que escapar. Otros dejaron atrás a sus familias. Otros buscaron oportunidades. Y otros, como María, cruzaron una frontera siguiendo una historia de amor.
“Cada uno salió de su país con diferentes situaciones”, reflexionó. “Yo porque me enamoré y vine acá”.
A continuación, las palabras de Ramiro Leiva, en representación de la Sociedad Italiana, propusieron una mirada histórica sobre el fenómeno inmigratorio y su profunda influencia en la construcción de la Argentina.

Hablar de inmigración en la Argentina, señaló Leiva, es hablar necesariamente de una parte fundamental de nuestra propia historia.
Desde mediados del siglo XIX y durante las primeras décadas del siglo XX, millones de personas llegaron desde distintos lugares del mundo. Españoles, franceses, irlandeses, portugueses, alemanes, italianos y numerosos inmigrantes provenientes de Medio Oriente se incorporaron a una sociedad que también recibía migraciones internas.
Con el paso del tiempo, algunas imágenes quedaron instaladas en el imaginario colectivo: el italiano trabajando la tierra, el español detrás del mostrador de un comercio, el portugués en la quinta o aquel inmigrante proveniente del antiguo Imperio Otomano, muchas veces identificado genéricamente como “turco”, dedicado al comercio.
Pero Leiva invitó a mirar aquella historia desde una perspectiva menos romántica, dado que aquellos hombres y mujeres no solamente llegaron para trabajar: “Trajeron oficios y conocimientos”, destacó.
Fueron agricultores y jornaleros, pero también carpinteros, herreros, zapateros, comerciantes, industriales, empresarios, músicos, profesionales y dirigentes.
Y junto con sus oficios trajeron mucho más: ideas, costumbres, idiomas, dialectos, comidas, formas de celebrar, de practicar una religión y también de cuestionarla. Trajeron música, teatro, formas de solidaridad y distintas maneras de organizar una familia, un comercio o una asociación.
Todo eso comenzó a mezclarse con lo que ya existía, y Lobos también fue parte de ese proceso.
La llegada del ferrocarril en 1871 favoreció la comunicación con Buenos Aires y facilitó el movimiento de nuevos pobladores hacia el partido. Con el correr de las décadas, la presencia de inmigrantes italianos adquirió una importancia extraordinaria tanto en la vida rural como urbana de la comunidad.
Pero tampoco existía “el italiano” como una identidad uniforme.
Procedían de regiones diferentes, como Liguria, Piamonte, Lombardía, Campania o Basilicata. Tenían dialectos, costumbres, tradiciones e incluso posiciones políticas y religiosas distintas.
En Lobos crearon sociedades de socorros mutuos destinadas a sentirse acompañados frente a la enfermedad, la falta de trabajo y las dificultades de la vida cotidiana. Pero esas instituciones rápidamente fueron mucho más que espacios de asistencia.
La primera asociación italiana de Lobos fue fundada en 1875 y desde sus comienzos combinó el socorro mutuo con la actividad musical.
Aquellos inmigrantes intentaban sobrevivir, pero al mismo tiempo producían cultura, construían instituciones y ocupaban un lugar cada vez más importante en la vida pública del pueblo.
Participaron en el comercio, la construcción, la música, el periodismo y las instituciones locales. También protagonizaron debates políticos, sociales y religiosos.
Y, como ocurre en toda comunidad humana, no siempre estuvieron de acuerdo.
Hubo liberales, anticlericales, masones, socialistas, anarquistas, radicales, espiritistas y personas con ideas muy diferentes. Hubo solidaridades, pero también conflictos. Algunos procuraron preservar con fuerza las costumbres de sus lugares de origen; otros buscaron integrarse rápidamente a la sociedad que los había recibido.
Por eso, como señaló Leiva, la inmigración fue bastante más compleja que aquella clásica fotografía del hombre descendiendo de un barco con una valija en la mano.
Quizás uno de los conceptos más interesantes del discurso fue recordar que aquellos inmigrantes que hoy forman parte de nuestra memoria colectiva también fueron, alguna vez, extranjeros. De hecho, no siempre fueron recibidos con simpatía: El acento italiano, por ejemplo, dio origen al llamado cocoliche, esa particular mezcla entre las lenguas de los inmigrantes y el castellano rioplatense. Con el tiempo, aquella manera de hablar pasó a formar parte de nuestra historia cultural, aunque en aquellos años también fue utilizada como motivo de burla y caricaturización.
La Argentina que hoy conocemos no fue construida únicamente por quienes ya estaban aquí, sino también por quienes llegaron desde lejos y debieron atravesar el difícil proceso de dejar atrás una vida para comenzar otra.
El acto tuvo, además, un componente artístico. La Escuela de Danzas de la profesora Mara Maíz presentó una notable intervención que nació del mestizaje cultural y de la confluencia de tradiciones gitanas, árabes, judías y andaluzas.



Fue una manera de representar, desde el arte, aquello que durante décadas ocurrió en nuestras calles, nuestras familias y nuestras instituciones: culturas diferentes que se encuentran, se mezclan y terminan dando origen a algo nuevo.
Entre discursos, música y danza, el acto dejó una certeza sencilla pero profunda: la historia de la inmigración no es una historia ajena ni lejana. Está en los apellidos, en las instituciones, en las comidas, en las palabras, en las canciones y en las costumbres que forman parte de la vida cotidiana de Lobos. Y también está en las historias que siguen escribiéndose.
Lobos 24 Un nuevo concepto en información